Jack el Destripador

Durante cien años, investigadores, detectives, policías y muchos aficionados han tratado de establecer un perfil psicológico que ayudase a determinar la personalidad o el nombre del asesino, pero hasta ahora solo se han podido identificar los nombres de unos posibles sospechosos. Tal vez por ese motivo Jack el Destripador se ha convertido en el asesino en serie más conocido de la historia. Su nombre nos evoca una silueta entre la niebla del Londres Victoriano, una sombra con capa y sombrero negros que ataca a sus víctimas y desaparece para siempre de la escena del crimen... no en vano se han escrito sobre él cientos de libros, canciones, óperas y películas. Es la perfecta historia de suspense, el gran misterio sin resolver. Sin duda, Jack el Destripador, es parte importante del folklore británico junto con la niebla de Londres, el té de las cinco, el Big Ben o el monstruo del Lago Ness.

Este siniestro personaje que mató en varias ocasiones, siempre lo hizo de la misma manera. No hay ninguna originalidad en sus actos. Su comportamiento no es diferente al de otros asesinos que actuaron protegidos por las sombras. Al igual que ellos, se burla de la policía y envía cartas en las que reivindica sus crímenes y anuncia los que va a cometer. Desequilibrado mental y obseso sexual, es movido por una idea fija que le hace escoger a sus víctimas entre una categoría social concreta: las prostitutas.

En realidad lo que ha hecho famoso al criminal de las riveras del Támesis es que haya sabido desaparecer dejando tras él un completo misterio, propicio para fomentar toda clase de mitos, hasta los más inverosímiles. Jack el Destripador, no solamente nunca fue detenido ni visto, ni siquiera percibido, sino que su repentina desaparición no implicó para nada que estuviera muerto; ya que mucho tiempo después del caso, su sombra siguió rondando por las calles de Londres.

Para 1889 uno de los pasatiempos favoritos de los flemáticos ingleses era resolver el enigma de quién podría ser este multiasesino. Convertidos en detectives aficionados, cada uno aportaba su hipótesis sobre la identidad del "Destripador". Desde las prostitutas de Whitechapel, sus víctimas predilectas, hasta la reina Victoria, se atrevieron a formular alguna opinión sobre el tema.

Su primera víctima, Martha Turner, era una vieja prostituta, desdentada y alcohólica que deambulaba por el sucio barrio de Whitechapel. Su cuerpo mutilado, entre las 2 y las 3 y media de la madrugada, fue encontrado la mañana del 8 de agosto de 1888 en una escalera de George Yard. Degollada y luego destripada, al parecer con un "largo y afilado cuchillo", su cuerpo había sido cercenado de sus órganos sexuales de una manera tan metódica que de inmediato se dedujo que el asesino era un desequilibrado mental. Sin embargo, este crimen no despertó gran interés. En un barrio sórdido como era Spitalfields, el caso no resultaba excepcional. Los diarios apenas lo mencionaron.

El 31 de agosto apareció el cuerpo de Mary Ann Nicholls a la que se le conocía como Polly, prostituta y alcohólica también, que muere con la tráquea, esófago y médula espinal cortados. Se juzgó que la muerte había sido casi instantánea. Un informe del forense indicaba que las heridas infligidas a la víctima habían sido hechas por persona experta, con cortes de absoluta precisión y limpieza

El 7 de septiembre la policía descubrió en el número 29 de la calle Hanbury, en el mismo barrio, el cadáver de otra vieja alcohólica y prostituta, Annie Chapman, que presentaba el mismo tipo de mutilaciones que los cuerpos de Martha y Polly. Fue en ese momento que el pánico se apoderó de los habitantes del barrio. Durante las entrevistas que hizo la policía, algunos testigos afirmaron haber visto a un hombre como de 40 años, bien vestido y con acento extranjero. Dadas las características, surgió como sospechoso el judío John Pizer, zapatero de origen polaco. La acusación no procedió debido a una buena coartada. Para evitar que la población se hiciera justicia por su propia mano, los investigadores de Scotland Yard hicieron una amplia investigación que, como era de esperarse, no los llevó a ningún lado.

Dichos crímenes hubieran quedado en el anonimato si no es porque el 27 de septiembre, el asesino se dio a conocer, por medio de un comunicado enviado a una agencia de prensa londinense en el que firmaba con el apodo que él mismo escogió para entrar en la leyenda: Jack el Destripador. A falta de poder utilizar la sangre de su víctima reciente, la carta estaba escrita con tinta roja. Explicaba el odio que sentía por las mujeres de la vida galante y anunciaba otros crímenes. La policía mandó imprimir miles de ejemplares con la esperanza de que alguien reconociera la letra para descubrir al maniático. Este despliegue ocasionó que además de los habitantes del East End, los londinenses en general, entraran en pánico.

Esta maniobra de la policía no impidió que Jack atacara de nuevo. El 29 de octubre comete dos crímenes más en contra de, como ya era su costumbre, viejas prostitutas: Elizabeth Stride, sueca conocida como Long Lizz y Catherine Eddowes, cuyos cadáveres degollados y mutilados con el mismo ritual preciso y sádico, fueron encontrados en las calles de Spitalfields.

Pocos días después, Jack envió un paquete que contenía la mitad de un riñón de una de sus víctimas, a George Lusk, presidente del comité de vigilancia de Whitechapel, acompañado de una carta en la que hacía de su conocimiento que la otra mitad se la había comido frita.

El último crimen atribuido al Destripador, cometido en la persona de Mary Jane Kelly, aventaja en horror a los anteriores. Mary Jane, a diferencia de las otras prostitutas, era joven y bonita. Su cuerpo fue descubierto el 10 de noviembre en la habitación en la que recibía a sus clientes en un inmundo edificio del número 13 de la calle Miller's Court. Seguro de no ser descubierto, Jack se tomó el tiempo necesario para llevar a cabo su delicada labor. La joven prostituta no solamente fue degollada y mutilada, sino que además fue cortada con precisión de cirujano, en mil pedazos que se encontraron en su habitación. Se cuenta que fue necesario que los médicos forenses trabajaran media jornada extra para reconstruir el macabro rompecabezas.

Desde el último hallazgo, los crímenes cesaron, y ya para los primeros meses de 1889 Scotland Yard suspendió repentinamente sus búsquedas. Retiraron del barrio a todos los elementos que aseguraban la vigilancia. Dicha decisión apresurada provocó desconcierto e indignación entre la población. Despertó las sospechas de que la policía sabía más de lo que decía sobre Jack el Destripador.

Todas las especulaciones que se formulaban sobre su identidad, su desaparición y sobre las conclusiones de las investigaciones policiacas se incrementaron. Todas, absolutamente todas las hipótesis, inclusive las más descabelladas, se adelantaron para responder al sinnúmero de preguntas que planteaba el caso. ¿Cómo había sido posible que el Destripador hubiera cometido sus crímenes en un área de 450 m2, vigilada permanentemente tanto por la policía como por la junta de vigilancia? ¿Cómo era posible que después de haber cometido crímenes tan atroces saliera de allí sin despertar sospechas? ¿De qué manera ganaba la confianza de sus víctimas?

Las explicaciones fueron innumerables. Para algunos, como Sir Conan Doyle, el asesino sólo pudo ser una mujer, un policía o un clérigo; para otros, un carnicero que sin despertar sospechas podía pasearse con las ropas ensangrentadas debido a su oficio. Bernard Shaw que no dejaba pasar oportunidad de burlarse de la sociedad, pensaba que era un "reformador social" que no había encontrado método más eficaz para llamar la atención sobre la miseria del proletariado inglés. En fin, todas esas presunciones no llevaron a ninguna parte. Para orgullo del Destripador, aún a la fecha existe la incógnita.

Entre los numerosos personajes que fueron sospechosos de ser Jack el Destripador, merecen ser mencionados: George Chapman, Montague John Druitt, Edward, el duque de Clarence y James Maybrick.

George Chapman. Ahorcado en Londres en 1902, por haber envenenado a tres mujeres, había estado en la capital en 1888. Cuando estuvo en Nueva Jersey, Estados Unidos, en 1889, crímenes semejantes a los de Jack el Destripador fueron perpetrados. Fue sospechoso durante algún tiempo y fue ejecutado sin habérsele comprobado los asesinatos de Whitechapel.

Montague John Druitt. Abogado londinense de 35 años que se suicidó poco tiempo después del crimen de Mary Jane Kelly. Scotland Yard posee un expediente que según la legislación británica, solamente podía hacerse público 100 años después de su muerte. Con este indicio se hace de él un candidato viable.

Edward, el duque de Clarence. Hijo de Eduardo VII y nieto de la reina Victoria, muerto a los 28 años, poco después de esta serie de asesinatos. Al joven duque le gustaba la cacería del ciervo y a pesar de que este pasatiempo era muy sanguinario el siempre vistió elegantemente. Otro indicio para acusarlo fue que le gustaba frecuentar los prostíbulos. La causa oficial de su muerte fue: neumonía, aunque existen sospechas de que su temprana muerte se debió a la sífilis. El Dr. William Gull, antiguo médico de la familia real afirmaba que Jack el Destripador no era otro sino el duque de Clarence. Desafortunadamente para los aficionados a este tipo de escándalos, la coartada del duque fue que el 9 de noviembre de 1888 estaba en Sandringham.

James Maybrick. Nace en 1838 y muere a la edad de 49 años, no de muerte natural. Para 1883 aproximadamente, se traslada de Virginia, Estados Unidos de Norteamérica, a Liverpool, Inglaterra, junto con su joven esposa Florence Chandler a quien le llevaba 25 años. Para la época de las correrías de Jack, Maybrick tenía serias dificultades matrimoniales; su salud se había deteriorado, padecía fuertes dolores de cabeza a causa de la malaria que había contraído en 1877. Debido a esta enfermedad, además de ingerir quinina, consumía una preparación en polvo de arsénico y estricnina, cuyas dosis fue aumentando durante la siguiente década hasta llegar a un tercio de un grano (aproximadamente 17 miligramos), cantidad suficiente para matar a un hombre. La ingestión de estas sustancias no era inconcebible en esa época; había médicos que las recetaban.

En suma, estaba bajo fuerte depresión combinada con un carácter colérico y accesos de rabia que llegaron a materializarse golpeando, por lo menos una vez, a su esposa de quien sospechaba le era infiel. Por sus antecedentes se sabe que conocía muy bien la zona de Whitechapel por lo que no resulta extraño que tratara con prostitutas.

No hay ninguna coartada para James cuando acontecieron los asesinatos de Jack el Destripador. Para su mala suerte un dibujo del Daily Thelegraph del 6 de octubre de 1888 muestra el rostro de un hombre muy parecido a Maybrick.

Resulta casi imposible demostrar que James fuera el famoso asesino. De lo que sí podemos estar ciertos es que sí tuvo motivos, el método y la oportunidad para realizar los crímenes. Según el informe médico Maybrick murió de gastroenteritis, pero no es seguro que a causa del arsénico, ya que precisamente antes de su deceso se había reconciliado con su esposa y dejado de ingerir sustancias tóxicas. Sin embargo, el tribunal consideró, sin ninguna prueba material que el motivo de su muerte fue envenenamiento por arsénico. Por dicha causa se enjuició y castigó a Florence, la joven mujer de James.

Tiempo después del juicio, un testigo afirmó que por casualidad había escuchado una conversación donde se planeaba la muerte de Maybrick. El caso de Florence se cerró sin investigarse a fondo, nunca se reabrió a pesar de las protestas de los norteamericanos. Todo indica que en Inglaterra nadie quería ver libre a la esposa de James Maybrick contando lo que sabía de su singular marido.

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